pero con el sutep ¡jamás!

Noviembre 9, 2008

Estar frente a un grupo de personas que esperan recibir “algo” que les cambie o ilumine la vida es una responsabilidad enorme. Eso es lo que siento cada vez que entro al salón de clases y digo “buenas días (tardes o noches según sea el caso) alumnas”. Es casi, casi como indicarles el camino a un lugar seguro o a un despeñadero.
Todo empezó con el comentario de que algunos de mis compañeros de promoción de la escuela de arte estaban trabajando en un instituto de enseñanza en diseño de modas. A ver pensemos: ¿sabemos figura humana?, ¿color?, ¿manejo del espacio, diagramación, diseño? Ok. Algo sabemos, así que tomé mi ridiculum vitae y una muestra de mis trabajos y fui a la oficina de la gerente. “Necesito trabajo” fue mi presentación y la respuesta fue: “tenemos cupos para los domingos ¿está interesado?”


Durante los siguientes arrancando desde Agosto del 2007 me he levantado a las 6 am y me he vestido de camisa y pantalones de tela, seriecito y formal con el cabello amarrado y me he parado frente a un grupo de adolescentes, señoritas y señoras (y algún caballero por ahí) tratando de explicarles en que consiste el color, en como se usa un lápiz, como se dibuja una cabeza humana, un brazo, una pierna. Nada que no supiera hacer yo, pero:¿hacer entender este oficio a un grupo de alumnas que pertenecen (en su mayoría) a los estratos más empobrecidos del país? Esa es otra historia.


Para empezar muchas de ellas trabajan en servicio doméstico o en profesiones técnicas de mando medio, también hay operarias de fábricas y adolescentes que buscan estudiar “algo” mientras buscan su camino a la supervivencia. No creo que sólo sea un trabajo de “dibujemos una línea acá, otra allá”. No. Es verle la cara al país que nos negamos a creer que existe. A la mayoría de operarios de fábricas que trabajan igual que esclavos (mismo los que aparecen en las fotos que son premio en World Press ¿manyan?), empleadas del hogar que van con los patrones a Asia y que remojan el cansancio a las 5 de la tarde cuando el “sunset” está de lo mejor en el sur, el país en suma. Estoy enamorado cada vez más de mi país (enamorado) pero yo sé que más de uno de mis alumnos se quisiera mandar a mudar de esta maltrato que no entiende de cifras, ni de perros del hortelano, que más bien debieran romperle el orto a patadas para ver si aprenden a gobernar de una puta vez.


No todo es desgracia por suerte, he descubierto con honesta alegría, de que, existe la esperanza, la fuerza y el deseo de superación aún y que es mucho más fuerte en las mujeres de este país, cito un ejemplo: La llamaré “Gina”. Gina trabaja de 7 a 9 (de lunes a sábado) en San Isidro en una casa como empleada, viste el uniforme “reglamentario” y vive al otro extremo de la ciudad (Puente Piedra) los sábados se la llevan a Asia (“Eshia”) y los domingos se aparece en clases con sus trabajos. Normalmente con las alumnas de los días domingos nos piden cierto nivel de flexibilidad y sólo dejo uno o dos trabajos. Gina se aparece con cuatro o cinco de ellos, y ejecutados con sumo cuidado y esmero. ¿Cómo te explicas eso? ¿De dónde carajos sale la fuerza de esta criatura? No me lo explico. Pero cuando veo mis “problemas” o mi “cansancio” vuelvo a recordar las galletas que me regaló por navidad (que están laqueadas sobre mi mesa) y recuerdo sus trabajos y las preguntas y todos los trabajos acumulados sobre la mesa con las preguntas de sus voces diciendo “¿Cómo hago esto profesor?”. Es una responsabilidad enorme, repito, es una responsabilidad enorme y todos los días espero no decepcionarlas al tratar de guiarlas y de sacudirle el cerebro a algún(a) distraído(a). Espero no cansarme, espero no defraudarlos, espero desde lo más profundo de mi corazón ayudarlos en lo que pueda (y en lo que me han asignado) para ver que al menos obtienen un pedazo de ese sueño que esta patria criminal les ha cambiado por una pesadilla.

Una tira de tres

Noviembre 9, 2008

monotoniaHe desarrollado la capacidad de anular varias cosas al mismo tiempo. Por ejemplo: emociones como el miedo, la alegría y el sentido de la responsabilidad. Soy conciente que estoy siendo terriblemente irresponsable conmigo mismo, lo peor es (para mí supongo): que me llega al huevo.

Me llega al huevo seguir molesto por todo, odiar, esperar (no sé qué) y simplemente me gustaría poder dormir de un tirón miles de horas. ¿”Emo” a estas alturas? No. Cansancio. Una sensación de cansancio de la gran puta.  ¿Cansado de que? ¿De estar cansado será?  Creo que le he sacado el jugo hasta la médula a varias cosas que me interesaban y de las cosas que no he probado serían muy pocas las que quedan en la lista y la verdad, causitas, no me interesan.

Estoy harto de esperar que salga el sol trayendo el ruido de la mañana. Harto de que llegue la noche para estar de nuevo en blanco y esperar de nuevo que el día se haga fotocopia del mismo y así. Estoy viendo subir volutas de mi cigarro, líneas y líneas dibujando formas en la oscuridad. Frente al monitor, por encima de los libros, por encima de todo. Todo se desvanece en el aire. Todo se hace humo. Todos se hacen humo.

¿Tiene sentido seguir?  Silencio, el sonido del instrumento de cuerdas de esta canción acaban, paradójicamente, de perder la razón en un ritmo frenético de Doom Metal. Cambio el cd, pongo en la bandeja algo más suave. Es sabido que el agua puede perforar una roca gota a gota. Oigo las gotas de la ducha retumbando por toda la casa.

La noche anterior todo fue demasiado. Demasiado alcohol, ruido, música y lo demás. Opté por encerrarme en el baño y me encontré con el espejo. Mi rostro estaba angulosamente cincelado: pétreo, como esculpido a puro cincel, ninguna curvatura, ninguna suavidad, en suma: todo fiereza, todo intimidación, puta que malo te ves hasta cuando estás completamente indefenso. El agua cubre bien los diamantes al borde de las cuevas de mis ojos. No dejes espacio para sensiblerías, continúa con tu show en la fiesta.

Si, puede ser que todo lo consumido esa noche ampliase la percepción de mi vista. También pudo ser una falsa epifanía. No lo sé. Pero esa imagen ya la había visto probándome unos lentes con los que pensaba dar de baja a los que llevo puestos. Te ves como malo, maldito, malito, maloso, malgeniado, medio malo, mal de salud, miedoso, mareado, maltratado, mojado, mal dormido, mal querido, peor amante si vale la pena agregar.

- Los rojos no. Los azules tampoco me quedan.
- ¿Y los negros? Se te ve bien amiguito con el color negro.
- El negro le sienta bien a todos ¿a ti no?
- Ji ji ji ji. ( baboso)
- Llevo varias cosas de color negro encima.
- ¿Así? (¿y?)
- Demasiadas.

Es domingo y como todos los domingos está reventándose en su eterna imagen de familias bullangueras, de celulares en el oído, de cámaras digitales, de ringtones variados.
- Cómprame caserita unos caramelos.
- No tengo sencillo. ¿Aló? ¡Sí! ¡acá estamos esperándote!

Todo se mezclaba en el ambiente mientras oía (o parecía que lo hacía) a una amiga, una conocida, bah, ¿a quién engaño? Es una completa extraña para mí que me cuenta sus cosas porque cree que me conoce. ¿Cómo llegué hasta acá? (mi pregunta clásica): Estaba yo, cual zombie frente al monitor de la pc y por esas cosas que ocurren de la nada se abre una ventana del messenger y me suelta la fórmula del huevo frito:

- “¿Qué ha sido de tu vida ingrato? ¡A los años que se te encuentra!” y después todo en la pantalla eran letras que ya ni me preocupaba en leer. Todos saben qué sigue a la frase: “Hace tiempo quería saber de ti”:
- “Voy a estar cerca del barrio ¿te paso a visitar? “
Y yo: resaqueado, cansado y aburrido, “Ok. Te espero”

Que chucha. Precisamente es eso: chucha, pero trabajosa, era evangelista, hija de cristo y todo lo demás, pocas luces y buen corazón, y del buen corazón se hacen anticuchos me han dicho siempre.

El pollo a la brasa con papas grasosas no me estaban ayudando a aplacar el ardor del hambre. De hecho recordé que no pague la cuenta en el restaurante de caldo de gallina (abierto las 24 horas) a eso de las tantas de la madrugada. Una estampida de travestis psicodélicos y fellinescos se apoderó de toda mi atención, especialmente en las finas maneras de cómo se abalanzaban, cual jauría de chacales, sobre un plato de lomo saltado. Eso y las mentadas de madre del pata de limpieza del baño; porque estaba vomitando hasta el calostro de la primera lactancia. Una materia negra y viscosa flotando en el sanitario fue demasiado como para prestarle atención a la cuenta. Mis amigos saben perdonarme casi todo. Cómo los envidio por ese poder.

(De regreso a los interiores de la pollería familiar)
Su drama era el drama de todas las hijas de Dios. ¿Porqué los encuentros siempre tienen la confesión de una tragedia, un pequeño Sarajevo? Aunque sea la más ridícula telenovela, siempre hay un motivo para poner las caras largas. Vamos: La alegría no sólo es brasilera.

“Dios nos pone pruebas” me dice, resignada ella, mientras se decide entre la mostaza y la mayonesa (tienes una mancha sobre el labio querida) ¿Por qué las tragedias son tan patéticamente comunes? ¿Por qué todas parecen cantar el mismo dolor? ¿Por qué parece que te escucho? La respuesta es una tira de tres en mi bolsillo derecho que meto en una cajetilla metálica de “Lucky Strike”. Que gracioso: “Get lucky”. ¡Ja!: Lucky.

Resoplo, no sé si por el calor o porque todo el tiempo me parece que corre mucho más lento. La idea de escapar a casa corriendo a ver “The Matrix” por enésima vez se balancea junto con el collarcito de bisutería que reposa entre sus tetas que apretadas, en un top negro y enmarcadas en un escote que lleva un pequeño bordado de florecitas se muestran generosamente sobre un bordado que dice: “Fashion Love”

Love es lo que no hay en este lugar. No existe simplemente. Y definitivamente fashion tampoco. Todo aquí es gris menos yo. Pero; tanto tiempo entre grises hace que el color se te baje o peor aun: que oscurezcas por completo.

Son las 4 pm. Es domingo. Odio los domingos. Y probablemente odie el no sentir ni la más mínima emoción al ser besado por una chica ilusionadísima hasta las zapatillas y decirle sin ninguna duda:

- “Súbete a tu micro, ya es tarde. Tu casa está muy lejos de la mía”

i love it when they hate me

Septiembre 28, 2008

De: jotaka
Para: Dj.

i love when they hate me
(si se dice asi, ni sé)
Hablé el domingo pasado con W, estaba de paso por Lima y quede en verlo en el bar de siempre con unas chelas para el sol, que mediocremente nos ha venido a visitar.
La verdad ví a W más flaco que de costumbre. Me preocupa como mierda ese huevón.
El título del mail es porque entre chela y chela, salió la conversa de que cuando se comunica con alguien de Lima y menciona mi nombre (o que me conoce) a algunos de los “coleguitas” le agrega la palabra: “ese conchadesumadre” Lo cual, cuando me lo contó, me provocó un ligero y morboso incremento de la líbido. De verdad sí que estoy mal. ¿Tú crees?
Entonces me di cuenta de, que no importa si conozco o no a los que me odian (gratuitamente o con razón), siempre habrá alguien que tenga el disgusto de conocerme, y yo, el gusto de ignorar de su existencia.
abrazo
jk

De: Dj
Para: jotaka.

Es: i love it when they hate me.
Acuerdate de “we hate it when our friends become successful -y por ahi va la cosa, eh-

Es como me decias la vez pasada de que lo que no se perdona es el decir las cosas tal cual, y el ghetto “coleguil” esta lleno de gente con verdades calladas o verdades acomodadas (a beneficio propio, claro esta). A veces tras ese “ese conchadesumadre” se esconde algo mas que un fingido desprecio: talvez el cagarse porque alguien dice lo que ellos no dicen o no se atreven o no les conviene.

Facil que te enteres de quienes son y la respuesta en lugar de ser lo mismo y en vista de sus “logros” sea: pobre mediocre.

saca tu libro y que les duela mas cuando te la-menten

siya tomorrou (o en unas horas)

El fracaso del colegio

Agosto 18, 2008

Recuerdo el olor del vinifan en los cuadernos. Recuerdo a mis profesores de “Lenguaje” y de “Lengua y Literatura” (ya en secundaria), recuerdo las anotaciones en rojo cuando había faltas ortográficas. Recuerdo los gruesos vidrios de los anteojos de una profesora de venerable edad cuando yo cursaba el primero de secundaria.
La quise cambiar, no, estoy mintiendo. Quise que la botaran del colegio porque no podía escuchar su voz entre el ruido de mierda de mis compañeros de salón.
Natividad Pantoja. Así se llamaba esta veterana profesora que en esa época ya debería estar sobrepasando la barrera de los 50 años. La profesora Pantoja trataba de dictar su clase de “Lenguaje y Literatura” mientras unos alborotados alumnos de colegio nacional estábamos más interesados en ver quien chapaba con quien, si a fulana tenía las tetas más grandes que zutana o si te mandabas o no a la mocosa del 1”B”.
No sé realmente si deseaba por esos años realmente mejorar mi nivel educativo, no sé si era un espíritu lorna y chancón el que me llevó a juntar las firmas que chonguerísimamente firmaron casi todos en ese salón de mocosos. Lo único que recuerdo es una mirada de odio y tristeza, cuando tuvo entre sus manos aquel infame papel.
No voy a olvidarlo nunca. No voy a olvidarlo porque detrás de esas viejas gafas, esos ojos pequeñisimos y agotados, me miraban con llana resignación de que el tiempo le pasaba un recordatorio de que los jóvenes suelen ser ignorantes e insolentes con las canas. Suelen olvidarse de lo aprendido, suelen ser en suma malagradecidos con quienes se toman los años y el tiempo de enseñar el Abc a quienes probablemente sólo cojan los lapiceros únicamente para firmar absurdos papeles o marcar un aspa donde sea menester, como en ese ridículo y penoso martirio que se repite cada 5 años.
Recuerdo bien esa imagen, la recuerdo bien. Comprendo ahora. Comprendo que se sintió cansada, fatigada ante una generación que echaba al tacho sus años en la escuela, sus años frente a la pizarra, los kilómetros de polvo de tiza por los que había caminado, acumulados en las suelas de sus zapatos. Entiendo esa furia, esa impotencia. Casi puedo respirar el mismo aire de furia cuando veo como se despedazan años de colegio en un acto tan sencillo como dejar una mensaje en una pantalla. En este síndrome de Down, que sufren las letras por está mentada “tecnología”, en este infralenguaje de emoticones y signos, “para ganar tiempo” como alegan algunos.
Sé que en estos tiempos, y por la cantidad de caracteres en un móvil, la necesidad de ahorrar espacio hace válido el uso de signos o de un lenguaje de símbolos. ¿Pero una carta? ¿Un correo electrónico? ¿Un “posteo” en una pagina web? Aún no cobran por letra en estos medios creo yo. No me escribas así por favor. Es tal mi plegaria. Si me vas a escribir de ese modo, por favor: no me escriban. Me molesta. Me jode.
Casi puedo escuchar, lejana, la risita de una tardía revancha.

Detrás del Olvido

Agosto 8, 2008

Eran un poco más de las 6 pm del 15 de Agosto del 2007, cuando la tierra empezó a temblar. La verdad, los temblores no me causan mayor pánico que el tener que correr por mis seres queridos que sí se desesperan apenas se mueve la tierra. Nunca había vivido un sismo de tal intensidad. Mi madre sí, por eso entró en pánico y pasó más de un mes antes de que ella pudiera dormir tranquila y recuperar el apetito.

Hace un año, un terremoto sacudió el sur de Lima. Y digo el sur de Lima porque si no es Lima, no es el Perú. Así decimos, no digan que no.
Hace un año, la tierra tembló y tembló durante días y quienes se llevaron la peor parte fue la ciudad de Pisco, situada a más o menos 200 kms de Lima, a tres horas de Lima en bus, a 20 minutos en avión o helicóptero. Un terremoto de 7.9 grados borró a Pisco del mapa. Así de simple, la tierra tembló y todo se fue a la mierda. No hubo Sr de Luren que valiera, ni rezos a la Melchorita, ni Cristos de la gracia que hicieran el favor de salvar Pisco, es más una iglesia se desplomó en plena misa, tragándose en su caída a más de un centenar de personas.
Ok. Si Pisco está a 3 horas de camino de Lima y en Lima está el gobierno central del Perú, se supone que la ayuda debió llegar, máximo, en el peor de los casos, en un par de horas. No fue así.
La ayuda “oficial” llegó al día siguiente. Un presidente en pulóver y en mangas de camisa se apresuraba a dar un infeliz mensaje a la nación anunciando de que “no había demasiadas víctimas que lamentar”. Por lo menos yo no olvidaría si muere un familiar mío, y las cuentas de los muertos no se hacen al peso para describir o calificar una tragedia.
Lo demás es historia pasada. Todos lo vimos por televisión, todos fueron al estadio nacional a dejar sus víveres, todos participamos de la Teletón de la solidaridad con el sur.

Conocí a Antonio en Septiembre del mismo año. Pisqueño y damnificado del terremoto, venía a Lima a conocer la escuela de Bellas Artes y quedarse un rato por Lima mientras las cosas se componían por allá. No lo culpo, nadie se queda en Chernobyl a ver si el cielo despeja. Si puedes zafar culo de la tragedia, zafas culo y punto.
En medio de la conversación saltó el tema del terremoto y Antonio me lo contó con una simple crudeza de quien ya nada podría sorprenderlo:
- “Estaba viendo televisión, salí de mi casa y de repente todo se cayó al salir”
- ¿Así de simple?
_ Así de feo.
_ ¿Y la gente?
_ Amontonada en el piso.

Nadie podrá decir que no fue una tragedia. Nadie en sus cabales regresaría al cementerio que es Pisco hoy día. Un cementerio en el que, curiosamente, miles de almas penan, olvidadas, porque en Pisco no hay sobrevivientes, en Pisco un año después de ese terremoto, todo el Perú, ese Perú que tras ese pomposo slogan de “El Perú Avanza” avanzó tanto, que los dejó detrás del olvido, junto con todos sus muertos.